El Mundo

España – Un país en duelo:

Paula María – Lainformacion.com

El último balance de Sanidad en España, ha caído como un jarro de agua fría sobre
aquellos que han visto la cara más oscura de un virus que les ha robado demasiado.
Mientras tanto, en nuestro continente, en muchos países, el Covid 19 se ha vuelto un
tema político, generando caos económico y social; y en otros, la ineficiencia estatal y
las carencias sanitarias, son caldo de cultivo para que la pandemia sigue matando
gente y nosotros seguimos pensando que “no nos afectara”
«Ya no sigo los datos… miro las cifras de reojo y solo pienso en quién de los 30.0000
será mi padre». Como a tantos otros, la Covid le robó a Juan Antonio los abrazos, la
calma y el verano. También se llevó a su padre. Ocurrió en abril. No hubo despedidas.
Junio fue para él -y para todos-, un soplo de aire que duró menos de lo que se tarda
en superar el duelo. Con el regreso de los rebrotes, cada telediario vuelve a caer a
plomo, sobre un país que este martes dejó atrás los 30.000 decesos, seis meses
después del comienzo de la pandemia. «Lo de la ‘nueva normalidad’ en nuestra familia
eriza la piel». Cada subida en la curva es un revés. «No esperamos volver a las calles
como si nada… solo que esto no nos sacuda otra vez».  
España logró doblegar la curva, pero el verano ha dejado huella en las estadísticas.
Ahora se realizan más PCR, ahora los hospitales no están saturados, ahora estamos
más preparados… «Los números ya no significan lo de entonces», insisten al unísono
autoridades de toda España. Desde que la curva cambió de dirección, los mensajes de
calma desde la tribuna se han multiplicado. A pie de camilla, las cosas no están tan
claras. Yolanda es anestesista en el Hospital de Getafe. Como muchos sanitarios,
también se olvidó de especialidades y se arremangó cuando la oleada Covid colonizó
su hospital. «Nos dedicábamos a intubar como locos y todos los días perdíamos a
alguien. Los mismos pasos funcionaban con un paciente y fallaban con otro
muy parecido… no podíamos entender por qué». Confiesa que aún lo desconocen.  

«Esto no es una broma, los muertos siguen llegando al cementerio»
Hace apenas un mes que Javier y su cuadrilla enterraron los últimos cadáveres de la
morgue de Valdedebas, aquellos que Cáritas recogió y nadie llegó a reclamar. «Esto no
es una broma, los muertos siguen llegando». Marzo, abril, mayo… la primavera fue
una carrera en un solo sentido para los trabajadores del cementerio de la
Almudena: levantarse, enterrar, cenar, dormir. «Hasta junio no bajó el flujo de
féretros», asegura este oficial de cementerios de 26 años. «Pasamos de una media de
ocho inhumaciones por turno… a realizar catorce, quince o dieciséis». El joven lleva
cinco años en el oficio que heredó de su padre y éste, de su abuelo. «Solo se recuerda
este ritmo de trabajo en los atentados del 11 de marzo… pero entonces todo acabó en
una semana». 
«Cuando empezaron a llegar noticias de lo que estaba pasando en China nos pusimos
en lo peor». Y lo peor llegó. «Reforzaron la plantilla y empezamos a hacer dos horas
extra cada día», recuerda Javier. Nada parecía suficiente para cortar la bomba
expansiva que el virus dejaba a su paso. «Al final de cada jornada los muertos se
acumulaban en las cámaras». Y así pasó un mes, después otro y otro… Como
eslabones de plomo en una cadena, cada nuevo entierro comenzó a pesar sobre las
cuadrillas como nunca antes. «Estamos familiarizados con la muerte… pero no de esta
manera»
Apenas tres familiares formaban la exigua procesión que seguía a cada coche fúnebre.
«Nosotros mismos recordábamos a los asistentes que debían estar separados por un
metro y medio». Los abrazos no cabían en el camposanto. «Ver a las familias en la
distancia, mirándonos trabajar como quién observa una grabación… ha sido muy
duro». Si junio fue un respiro, julio y agosto han vuelto a traer los peores recuerdos.
«En octubre siempre hay más trabajo, la gente se sigue muriendo de otras causas que
nada tienen que ver con la Covid». La cuadrilla mira con preocupación las cifras. En
estos meses, se han encontrado con demasiadas caras conocidas al otro lado de la
valla. «No puedo evitar pensar que, en algún momento, uno de los ataúdes de entre
todos los 30.000 será el de un abuelo o un vecino».  

«Solo puedo pensar en lo cerca que estuvimos de conseguirlo»

Fueron meses de carreras por los pasillos, sorteando a pacientes en el suelo,
esquivando a la muerte. «En la UCI del hospital vuelve a quedar una sola cama
libre. La gente no está en lista de espera por un puesto en intensivos: o lo encuentran
o se mueren». Yolanda hace balance de las últimas semanas, cuando los brotes
llegaban por goteo y la ‘segunda ola’, esa realidad incómoda que nadie se atrevía a
reconocer. La anestesista reconoce que el equipo está agotado. «Sabemos lo mismo
que entonces, en cuanto a tratar a los contagiados, pero ahora estamos más
cansados».
«Las camas no son las camas, son las manos que las atienden». La sanitaria responde
a la llamada de La Información después de un día sin pisar el hospital. Como en
primavera, la sensación de que 24 horas pueden cambiarlo todo domina la escena. «En
cuanto salgo de ahí procuro no enterarme». La curva vuelve a doler. Ángela, cirujana
General en otro hospital madrileño, lamenta: «Cuando echo la vista atrás solo puedo
pensar en lo cerca que estuvimos de conseguirlo». 
La barrera de los 30.000 decesos ha quedado atrás y el último salto ha caído como un
jarro de agua fría sobre un país que ha perdido demasiado… aunque no ha
sorprendido entre pijamas blancos. «¿30.000 fallecidos? ¿Y qué pasa con los olvidados
de la pandemia?», apunta Yolanda. La anestesista sabe que la muerte lleva meses
teniendo una cara oculta. «El Covid ocupa mucho espacio y el resto de pacientes
ingresan en situaciones límites. Cuando se demorado el ingreso de un enfermo de este
tipo… ya nos los hemos dejado fuera».
«Oíamos el carrusel de ambulancias llenas de ataúdes… sabiendo que en cada

uno había una vida»

En el último eslabón de la cadena sanitaria, Jordi Fernández borra los signos de la
muerte de los rostros de los cadáveres. Es tanatopractor de Serveis Funeraris de
Barcelona (Mémora), pero hace meses que no puede distinguir facción alguna. «Trato
de acomodar cuerpos envueltos en sudarios que no puedo abrir, con el mayor respeto
y todo el cariño posible». En primavera, las imágenes del párking del tanatorio donde
trabaja, el Collserola de la Ciudad Condal, dieron la vuelta al país. «Cada día
chocábamos con la realidad en forma de mil metros cuadrados donde no se veía el
suelo… todo estaba lleno de féretros». 

Jordi lamenta cómo han evolucionado las cifras. «No entiendo cómo se puede banalizar
lo ocurrido… parece que si uno no tiene un muerto encima de la mesa no puede
empatizar». El catalán cree que las secuelas de una segunda ola vendrán después.
«Llevamos semanas tirando para adelante, oyendo llegar un carrusel de ambulancias
llenas de ataúdes y sabiendo que dentro de todos ellos había una persona, una vida
que ya era tal». Durante el pico pasó semanas sin festivos. «Libraba un día a la
semana, me levantaba y me sentía fuera de lugar, así que me calzaba e iba a ayudar a
mis compañeros». 
Ver las cajas e imaginar personas se convirtió en rutina. «Llegamos a tener más de 700
difuntos en custodia… por el parking pasaron 3.000 en poco menos de dos meses». La
plantilla no daba abasto. Como tantos otros, Jordi lo describe como una guerra y teme
al otoño. «Vamos a tener un serio problema cuando la Covid se junte con la gripe…
¿Cómo vamos a estar seguros de por qué murió el difunto? ¿Quién va a explicar a los
familiares que no pueden velar con normalidad a sus muertos?». La pandemia no da
tregua. Si junio llegó para llenarnos de laureles, julio y agosto han vuelto a pulsar el
botón rojo.
«Dejaban a un ser querido en el hospital y les devolvían una urna con las cenizas»
«Es hora de poner sobre la mesa cómo vamos a abordar el final de vida en tiempos del
Covid». Miguel Ángel Cuervo es paliativista en Badajoz y carga sobre sus hombros con
demasiados ‘adiós’ sin despedida. «Llegamos a enfrentarnos al dilema de ceder a
familiares nuestros propios EPIs para que pudieran estar cerca del enfermo en sus
últimos momentos». Entonces las mascarillas se contaban con los dedos de una mano
y los trajes eran cosa de ciencia ficción. «Los profesionales aguantamos una sobrecarga
emocional que te satura como equipo… en las familias se traduce en un aumento de
derivaciones a psicólogos para llevar el duelo». 
El padre de Juan Antonio falleció en abril. Su madre había ingresado por Covid el día
anterior y sus hijos tuvieron que darle la noticia por teléfono. Hasta agosto no hubo un
responso. «Llevamos el duelo como podemos… pero mi familia va a tardar mucho en
volver a ser la que era», comparte. De todo lo que se ha llevado la Covid, los abrazos
que no dimos es de lo poco que ya no podremos recuperar. «Muchos dejaron a un ser
querido en el hospital y les devolvieron un tarro con cenizas semanas después»,
recuerda Jordi. Los 30.000 muertos han quedado atrás y España afronta un otoño

incierto. La moraleja del paliativista sirve de punto y final: «Pase lo que pase, la gente
no puede seguir muriendo sola».

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